Sólo Jaume Balagueró sabe hasta qué punto ha tenido que contenerse, junto con Alberto Marini, para escribir el guión de‘Mientras duermes’, y luego darle vida en imágenes.
Para él lo más fácil hubiera sido llenar de casquería gorda este thriller psicológico (yo no lo llamaría de ‘terror’) y continuar con su legado más exitoso.
Pero no lo ha hecho, quizás porque ha ido sobrado con tantas ventajas que ha tenido (y se ha buscado) a la hora de montarse esta película, que dicho sea de paso es un ejemplo flamante de lo que es hacer buen cine español.
Principalmente porque la historia en sí misma es buena, y no le hace falta adornos sangrientos ni maniobras aterradoras.
Vale, de acuerdo, seguro que les reprocharán de primeras el haber tomado cantidad de referencias del género ‘voyeurista/acosador que parece un angelito’, pero eso no le resta valor a lo que cuenta; y a cómo lo cuenta, que esto en muchísimas ocasiones es aún más importante que lo que se relata.
El César de esta cinta, portero de un edificio de apartamentos de ’señoritos’ de Barcelona, lo podemos conocer perfectamente de otros largometrajes ya vistos.
Aunque a él no le parezca el mejor trabajo del mundo, no lo cambiaría por ningún otro, y desempeña su labor con educación, abnegación y servicialmente, aunque gran parte de los vecinos de la finca lo ignoren por completo.
Sin embargo, su motivación para hacer el mal a los demás no es la tópica peliculera. Es más mundana: interiormente es un tipo infeliz, y la única forma de dejar de serlo es que los demás también sean infelices. La maldad encubierta.
Puede parecer una premisa muy simplona, pero la imprevisibilidad y oscurantismo de los actos de esta especie de Dr. Jekyll y Mr. Hide son los que dan el juego al largometraje.
Son varias las víctimas a las que este portero vigila permanentemente para conocer sus secretos más inconfensables, y sobre las que actúa activamente en la sombra y sin levantar sospechas para intentar hacerlas desgraciadas, pero siempre hay alguien con el que cebarse, y lo mejor es que la afectada es una de las más felices y risueñas del edificio, Clara, la vecina del 5ºB. Es como un reto que César se marca día tras día.
El meollo intrigante de la película está precisamente en ver cómo el conserje, escondido en una amabilidad fingida, intenta borrarle a Clara la sonrisa de su linda cara, amargarle la existencia sea por el medio que sea, y cueste lo que cueste.
Y no parará hasta conseguir su objetivo, recurriendo a unos métodos que se van descubriendo pasito a pasito conforme avanza el metraje.
Esa es otra de las claves que hacen interesante la cinta, el convertirnos en cómplices de lo que comete metódica y milimétricamente César diariamente para generar infelicidad a su alrededor, y concretamente sobre Clara, y que aparentemente en ningún supuesto son actos violentos. Lo dicho, el ‘cómo’ lo cuenta, a base de artesanía cinematográfica, tirando de una fotografía y una ambientación musical notabilísima.
Pero lo que más valor le da a la película es el nivel interpretativo de su reparto, lo cual hace completamente creíble la pretendida ‘cotidianeidad’ de esta historia.
La naturalidad generalizada del elenco completo se comprueba sobradamente, pero evidentemente destaca un Luis Tosar, en el papel de César, que está, como siempre, de fábula, obligadamente contenido y versatilizando de escándalo su personaje, y una Marta Etura, en el rol de la risueña y positiva Clara, dándole la réplica sin quedarse atrás. Son los pilares sólidos donde se apoya la historia.
Lo que sí quizás le echo en falta a la película es más nervio, más ‘mala leche’, para así haber resultado aún más inquietante y perturbadora.
Es posible que se deba al permanente esfuerzo de dar ‘normalidad’ (y a la citada contención) a lo que ocurre en la pantalla lo que le haya reducido ‘punch’ al relato.
Un mayor dramatismo y tensión en momentos puntuales, puede que con un César sólo un poco más extremo, con una mayor contraposición de su maldad a su lado amable, me hubiera arrugado y agarrotado más el corazón y los músculos.
Se nota que ha sido una cuestión de planteamiento, hacer un filme ‘elegante’, ‘clásico’, conducido por un perturbado no psicópata, y con la mayor ausencia posible de violencia y salidas de tono. Pero en cualquier caso, aquello no desmerece una cinta que te mantiene en permanente atención de principio a fin, en constante crescendo y revelación, y que se cierra con un desenlace impecable.
Puede que resulte triste decir esto, pero da un gustazo total levantarse del butacón satisfecho de haber visto una película española.
Ojalá lo tenga que decir más veces en un futuro próximo, porque significaría a las claras que estamos dando un paso adelante en hacer cine de calidad con denominación de origen.







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